LEW es una empresa de bioingeniería que hace desarrollos de instrumentos de salud, que van desde una asistencia ventricular, conocido como corazón artificial, hasta una perfusión normotérmica para el traslado de órganos destinados a trasplante.
Pertenece a una familia de profesionales, está radicada en Castelar y todos sus integrantes están vinculados a cuestiones sanitarias. El capitán del barco es Guillermo Berra, que es de profesión veterinario, pero está dedicado a administrar la compañía luego de trabajar como investigador en el INTA durante 40 años en fisiología animal. Junto a él trabajan sus hijos Ignacio, que es cirujano cardiovascular; Sebastián, que es ingeniero electrónico; y María Laura, que es médica clínica e inmunóloga.
El equipo de la firma también lo integran Ana Lewis, que es médica pediatra y esposa de Ignacio; Pablo Taqueuchi, diseñador en 3D; Alfredo Irusta, diseñador industrial; y Guido Guido Corna Frasson, especialista en automatización y electrónica.

Con la llegada sorprendente de la pandemia, a propuesta de Ignacio, el equipo que compone la empresa se puso a trabajar en el diseño de un respirador artificial para realizar un aporte concreto en medio de la emergencia sanitaria. “El proyecto no busca ningún fin económico y está abierto a la comunidad. Ojalá no se tenga que utilizar, pero creemos que es una herramienta que puede contribuir a salvar vidas”, explica Guillermo a Primer Plano Online.
La charla es telefónica y se nota en su tono de voz la pasión por hacer cosas. Cuenta, casi al final de la comunicación, algo que le puede parecer anecdótico, pero al cronista que escribe este texto le pareció clave: el costo final del aparato que proyectaron es de 1.000 dólares, y todo armado con producción nacional que se consigue en el mercado local. Aclaración necesaria: el costo de un respirador artificial de última tecnología supera cómodamente los 10 mil billetes de moneda estadounidense.
La base sobre la cual comenzaron a diseñar el aparato es un ambú, que es un ventilador con figura similar a la de una pelota de rugby. Consta de una entrada de aire y de válvulas unidireccionales, para que ingrese el aire de un lado y salga del otro. Eso permite que la válvula dirija el aire hacia el interior de los pulmones. Suele usarse en anestesia o en situaciones de emergencia. Pero luego de las recomendaciones que recibieron cambiaron a un modelo neumático.

Armaron el respirador y convocaron a terapistas intensivos especialistas en el tema. Entre ambos revisaron el modelo a lo largo de varias horas de conversación apasionada. “Fue realmente un diálogo maravilloso, porque nos ayudó mucho a entender algunas cosas y nos permitió optimizar lo que queríamos ofrecer. Además, mostró su interés en lo que hicimos y eso fue realmente muy valioso”, reflexionó Berra. Lógico, luego de ese diálogo, una mañana entera todos los miembros de LEW se encerraron para darle curso a las sugerencias. Y consiguieron cerrarlo.
“El tema de la respiración es muy complejo. Conlleva fórmulas matemáticas, posiciones, modelos biológicos y aspectos físicos a considerar, así que el trabajo es arduo. Pero lo conseguimos”, agrega Guillermo. Trabajaron con aproximaciones sucesivas, chequeaban resultados y le llegaron a dedicar hasta 15 horas por día. Hasta que el sábado pasado, con simuladores consiguieron comprobar los estándares de calidad del respirador elaborado y llegó la satisfacción final: el equipo superó la prueba.
El respirador diseñado por los Berra y compañía está desarrollado, pero ahora la producción dependerá de que pase las autorizaciones de la Administración Nacional de Medicamentos, Alimentos y Tecnología Médica (ANMAT). Es clave entender que el monto de producción y los insumos a utilizar servirán para abaratar costos en medio de la emergencia sanitaria que vive el país por la pandemia de Covid-19. Pero contar con este tipo de instrumentos puede ser la diferencia entre la vida y la muerte.










