A mediados de noviembre Federico Guerra, vecino de Castelar sur, encontró perdido a un adorable perrito en Mitre y Dardo Rocha. Como no podía tenerlo en su casa, Gustavo Ovando le ofreció llevarlo al hogar de abuelos que dirige.
En un principio el animal vivió en el estacionamiento del geriátrico al cuidado de Gabriel, quien supo ser el cuidacoches de la calle Almafuerte de Castelar sur y que el hogar empleó hace un par de meses atrás. Julieta, una de las empleadas administrativas del hogar, se ocupó de que Ovi pase por la veterinaria para su control médico, para se desparasitado y bañado, y ella en persona comenzó la búsqueda de sus dueños divulgando su paradero por las redes sociales de la residencia geriátrica y en otras de la región dedicadas a vincular mascotas perdidas, pero nadie lo reclamó.
Así fue que los abuelos y el personal del hogar comenzaron a encariñarse con el animal que tiene unos 2 años, a quien bautizaron Ovi (una derivación del nombre Ovando). La mascota entraba y salía del establecimiento a toda hora y si bien es un animal tranquilo y amigable, su tamaño mediano hizo pensar a Ovando en la necesidad de buscar una persona o familia para su adopción responsable.
Así fue que sobre el final de 2025, Lorna, profesora de yoga del hogar desde hace 22 años decidió jubilarse y adoptar a Ovi. Ella trabajó en la residencia geriátrica que está por cumplir 43 años, más de la mitad de su historia, siendo una de las empleadas con más recorrido en el establecimiento.
La nueva ama de Ovi adora a los animales y está muy feliz con la llegada del nuevo integrante a su familia. La mascota llegó vacunada, desparasitada y castrada, por eso luce con el collar isabelino, la campana de protección para cuidar la correcta cicatrización de la operación. En la casa los esperaba Ari, un perro de 14 años que es el desvelo de Lorna.
Si bien en el Hogar del Dr. Ovando todo es alegría por el destino de Ovi, su ausencia aún genera nostalgia entre el staff y los abuelos residentes. “Lo extrañamos mucho”, confiesa Gustavo Ovando, a quien la mascota visitaba asiduamente: “amaba la oficina y subirse a mi escritorio” recuerda entre risas.

Para adoptar a Ovi, Lorna debió asumir un compromiso irrenunciable: llevar al perro de visita al hogar de tanto en tanto para la alegría de todos los que son parte de la residencia y fueron de una u otra forma protagonistas de esta verdadera historia de amor con final feliz.








