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martes, junio 25, 2024
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Relato en primera persona: más de 30 mujeres pacientes de cáncer de mama en una expedición en Los Andes

Fueron convocadas por un médico oncólogo que además es ultramaratonista. El profesional sintió encontrar en medio de la montaña la respuesta para ayudar a sus pacientes a no quedar en ese limbo de sentirse eternamente oncológicas, y por ende, no sentirse limitadas para siempre.

*Por Silvana Varela, paciente recuperada del cáncer de mama, periodista, locutora y Voz del Estadio del Deportivo Morón

-¿Terminaste con la Capecitabina?

Así arrancó la charla con Fernando Petracci, oncólogo pero no “mi” oncólogo, al que había conocido virtualmente el año pasado cuando mi cirujano, Ignacio Mclean nos contactó porque Fernando tenía la maravillosa idea de llevar mujeres recuperadas del cáncer al medio de la montaña y si bien yo no podía ser de la partida porque estaba en pleno tratamiento, lo ayudé con la difusión. Fernando es un deportista -ultramaratonista- que en medio de la montaña sintió encontrar la respuesta para ayudar a sus pacientes a no quedar en ese limbo de sentirse eternamente pacientes oncológicas, y por ende, no sentirse eternamente limitadas.

La Capecitabina es una droga que se ingiere, una quimioterapia oral, utilizada para el tipo de cáncer de mamas que tuve yo, y sí, la había terminado el 31 de julio de 2022. Aun así, pasaron algunos meses antes de poder entrenar porque esa medicación me complicó la piel de la planta de los pies y además en septiembre supe que tenía que mudarme, buscar nuevo alquiler, y pensé que la montaña quedaba para más adelante.

Un amigo con el que siempre suelo subir me propuso llevarme a intentar el cerro Vallecitos, ese que me obsesionó con su filo y su cumbre de 5.500 metros mientras estaba en modo planta entre quimio y quimio. Ese que me imaginaba caminando cuando no sabía aun cómo resultaría todo, así que después de mudarme en diciembre empecé a entrenar con la idea de viajar a Mendoza en marzo. Por eso, cuando me llegó el mensaje de Fernando todo encajaba.

-Nos vamos de nuevo al Valle de las Lágrimas, ¿querés venir?, me dijo. Dudé, porque no sabía si podía lograr hacer ambas cosas, pero una vez resuelta la logística del viaje, me sumé al grupo.

El 3 de marzo empezamos a caminar. Más de treinta pacientes que atravesamos el cáncer de mamas, e incluso muchas de ellas, con cáncer metastásico, o sea, con metástasis que se generó a partir del cáncer de mamas y con la cual conviven de manera crónica, medicación de por medio.

Si para mí era emocionante regresar a la montaña, caminar por esos senderos, sentir el sol pegando a pleno, el viento que fue muy piadoso, el agua helada de esos ríos de deshielo, la falta de aire por el esfuerzo y por el ejercicio en altura, lo fue el doble cuando miraba a mi alrededor y veía multiplicado en todas esa experiencia y ese mensaje: es difícil, pero se puede.

La elección del lugar tampoco fue casual.

La expedición fue al Valle de las Lágrimas, más conocido como «el trekking al avión de los uruguayos», en referencia a que se llega al sitio donde hace 50 años se estrelló el avión que trasladaba rugbiers, amigos y familiares de los deportistas uruguayos hacia Chile, pero quedaron sus restos en medio de los Andes, y varios lograron sobrevivir 72 días en condiciones impensadas. No imagino mejor alegoría que esa para pensar en sobrevida a pesar de la tragedia.

No imagino mejor lugar para transmitir que a pesar del cáncer, podemos salir fortalecidas y podemos no quedar en un limbo de algodones permanente.

Caminamos casi 8 horas el primer día para llegar al campamento El Barroso; unas casi 12 horas el segundo día para subir hasta los 3600 metros donde yacen los restos y se construyó el memorial en honor a las víctimas fatales del accidente y volver al campamento, y unas casi 6 horas el tercer día para regresar al punto de partida. Nada fue sencillo. Nada fue cómodo. Dormimos en carpas con bolsas de dormir; sentimos el esfuerzo muscular; cruzamos ríos a pie o en el mejor de los casos, subidas en algún caballo; comimos sentadas en alguna piedra en medio del camino; no había baño, no había nada de lo que suele haber en la vida cotidiana.

No era una sorpresa para mí que me gusta ir a caminar montañas, pero para muchas de mis compañeras fue la primera experiencia de ese estilo.

 

A nuestro lado había una decena de médicos. Muchos, facultativos de varias de las pacientes que estaban ahí, lo que representaba una experiencia única en el mundo: no sólo pacientes de cáncer subían montañas sino que lo hacían con sus oncólogos, en un nexo paciente-médico fuera del consultorio que era inédito. Todos convocados por Petracci.

Las mujeres llegaron de todos lados. Corrientes, Chaco, Tucumán, Neuquén, San Luis, Ciudad de Buenos Aires, ciudades de la provincia de Buenos Aires y hasta de Uruguay y Barcelona. Del país hermano vinieron un matrimonio de oncólogos con una de sus pacientes, que con su bandera charrúa en mano rindió homenaje a sus compatriotas mientras a todas se nos anudaba la garganta.

Me costó ese segundo día. Había sentido un bajón de presión y me subieron a un caballo por unos veinte minutos «para recuperar», pero después me bajé y pude encarar ese último tramo de casi dos horas y mucha pendiente caminando y concentrada en todo lo que significaba ese viaje. Cuando en un momento levanté la cabeza del camino y delante de mí apareció esa pirámide no pude aguantar la emoción. No había modo. Todas lloramos. Cada una con sus fantasmas o con sus desahogos, pero ninguna llegó inmune.

Sentí cómo en esos dos, tres, cinco minutos que duró la última subida pasaban por mi mente los dos años anteriores. El diagnóstico, las quimios, las cirugías, los rayos, las pastillas. Todo estaba ahí y todo era exorcizado en esos pasos donde lográbamos llegar y decir «no importa, pude». O sí importa. Gracias a todo lo que hicimos como tratamiento, estamos vivas y estamos ahí, en medio de la montaña, en un lugar cargado de simbolismos.

Pensé en mi familia, en mis amigos, en mi oncóloga, Yoana Vanni que cuando arrancó todo me dijo «el cincuenta por ciento del éxito es tu cabeza»; y en mi cirujano, Mc lean, que un año antes, cuando estaba recién operada me dijo «el próximo año vas, acordate». Todo era una película en la cabeza. Todo era deambular por ahí, entremedio de restos de avión y ofrendas y tratar de dimensionar lo que significaba estar allí, y estar con ellas. No nos conocíamos de antes, pero nos hermanaba el ahora.

HISTORIA DE VIDA La periodista Silvana Varela y la forma casual en que descubrió un cáncer de mama oculto

Bajamos. Dolía todo, pero celebramos el doble. Le cantamos el feliz cumpleaños a Ana, una de las oncólogas de La Plata y festejamos por largo rato. Festejamos la vida en una noche mágica con una inmensa luna llena que parecía ser el globo que el cielo aportaba a la fiesta.

Ninguna volvió indemne de esta expedición. Ninguna olvidará jamás que un día estuvo allí, donde pocos llegan, rodeada de mujeres que entendían lo que sentíamos porque sentían lo mismo y estaban atravesadas con la misma tragedia pero con las mismas ganas de supervivencia que la que tenía al lado.

No sé cuántas volverán a la montaña, pero estoy segura que cada una sabrá encontrar la siguiente montaña, real o figurada, para dejarse arrastrar por las ganas de hacer algo que nos gusta, que nos motiva, que nos da vida. Al fín y al cabo, de eso se trata, de vivir y de demostrar que se puede transitar de un modo en que lo negativo se transforme en positivo y que los límites los pone uno. Y nosotras no nos pusimos ninguno.

Silvana Varela superó el cáncer de mama

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