Leonardo Soria tiene 40 años y reparte sus días entre su casa de San Fernando y la vivienda de Antonella, su pareja desde hace un año, en Morón. Va y viene en transporte público con su silla de ruedas y en ambos distritos se da de alta de acuerdo a sus tiempos en la aplicación de Rappi, a donde se anotó hace un mes para sumar unos pesos extras a su economía, sustentada en una pensión por discapacidad permanente.
Leo, como le gusta que lo llamen, tiene un hijo de 15 años y su mujer otros dos, de 18 y 12. Arman una familia ensamblada que “nos llevamos bien entre todos”, explica. La clave para comenzar a trabajar como delivery fue justamente su actual mujer, quien lo alentó a que lo haga: él miraba a los chicos y las chicas que van y vienen en bicicleta y creyó que hacerlo con su propia tracción a sangre podría ser un diferencial para sumar un ingreso más a fin de mes.
El protagonista de esta historia de superación nació en el Hospital Naval y, a la semana de vida, le diagnosticaron meningitis. Pero eso no fue lo peor: “me hicieron una punción lumbar y me tocaron un nervio de la columna. Después de muchas operaciones me confirmaron la imposibilidad de caminar. Fue mala praxis y terminó siendo mi núcleo familiar la clave para seguir adelante”, recuerda el muchacho.
Fue ese entorno el que lo alentó a no limitarse por su discapacidad. “Me inculcaron que tenía que hacer una vida normal con las limitaciones de no poder caminar y que una incapacidad motora no te debe detener. Fui a la escuela, a los 15 años empecé en colonias y también a hacer deportes: jugué 21 años al básquet adaptado y viajé por varias provincias y países”, se explaya.
Pero ahora su realidad es diferente y también se busca hacer lugar en este universo hostil llamado conurbano, donde el principal obstáculo es el estado de las calles y las rampas para personas con dificultades de desplazamientos.
“Hago lo mismo que cualquier persona, pero en silla de ruedas”
Leo también tiene experiencia laboral. Supo trabajar en la ONG Cilsa con campañas de concientización de ponerse en lugar del otro, como por ejemplo tirar a un aro de básquet desde una silla de ruedas, y también vendió seguros para una empresa, de la que lo despidieron el año pasado, cuando llegó el achique de personal por la crisis económica.
“No pude volver a conseguir trabajo y hablando con mi mujer ella me alentó a anotarme en Rappi. ‘Vos que sos rápido deberías intentarlo’, fue lo que me dijo, así que arranqué. Compramos la mochila y me lancé a hacer los repartos. Evalúo cuáles son las entregas que me conviene a hacer, así que todo eso lo estoy conociendo y viendo qué es lo mejor para mí”, se sincera.

Leonardo rechaza ser un ejemplo, como varios de sus nuevos colegas le expresan cada vez que lo ven. “Hago lo mismo que cualquier persona, pero en silla de ruedas: eso es lo que me diferencia”, afirma. Su esfuerzo es para sumar propinas más allá de lo que cobra por cada entrega, que se desespera por que llegue en tiempo, en forma y condiciones.
Actualmente, a los 300 mil pesos que percibe por su pensión le agrega otros 100 mil que deja el delivery, un pocco más del 30% de ingreso mensual. Para Leo es un aporte importante, porque además se logra con su propio esfuerzo diario. No hay forma de elegir que los pedidos los entregue él, pero sí hay más chances de que los pueda tomar si se marca la opción bicicletas, en donde está anotado.
“Cuántos más repartos tenés, más vas sumando puntos y podés tener más pedidos. Yo por ahora estoy en la categoría Plata: el próximo paso es Diamante y ahí hay más posibilidades de que salgan entregas. Así se mueve la plataforma que me aceptó”, concluyó no sin antes insistir con un mensaje: “los límites se los pone uno mismo y es hasta dónde quiere llegar”.








