La noche del 18 de enero de este año, la vida de Nora Fernández cambió para siempre. Su segundo hijo, Facundo Hambra, recibió un disparo en la cabeza que lo introdujo en una agonía de cuatro meses de la que nunca pudo salir. Desde un primer momento los médicos le indicaron que el cuadro del joven de 22 años era gravísimo y que no se sabían las secuelas si es que sobrevivía. A punto tal que ya había sido considerado como en estado de inconsciencia permanente, es decir, vegetativo. Finalmente, el deceso se produjo en el mediodía del pasado 26 de mayo.
Belén, de 27 años; Ezequiel, de 20; y Camila, de 12, son los otros sostenes de esa mujer a la que el mundo se le precipitó. “Es duro. Nos ayudó un montón a transitar todo esto fue la esperanza de que se recupere. Pero es como si hubiese pasado hoy: todos los días son iguales, todos los días lo esperamos, todos los días pensamos que es una pesadilla. Pero no, es la triste realidad que se vive en nuestra Argentina, de gente que vive de lo que no es de ellos”, reflexionó Nora abriendo su corazón en una charla telefónica con Primer Plano Online.

A la mamá de Facu le cuesta hablar en pasado de “mi otra mitad”, como define a su hijo. Cuenta que era un pibe solidario, emprendedor, que amaba la cancha y al Club Atlético Ituzaingó, y que trabajaba con un comisionista de aduana, su verdadero sueño del que vivir a futuro. Quería estudiar esa carrera en la universidad y estaba en pleno trámite de elegir cuando llegó la pandemia y se le agotó ese trabajo, con lo cual agarró la moto y empezó a hacer repartos para ganarse el mango diario. Primero repartía las cosas que elaboraba mamá en casa, luego en algunos comercios y por último se metió de lleno en Pedidos Ya.
Justamente este último empleo fue el desencadenante de la trágica noche, que en rigor había comenzado unos días antes. Nora acepta contar lo que sabe del día en el que lo asaltaron, y lo hace con una profunda tristeza, porque está convencida que si las cosas se hubieran hecho de otro modo Facundo estaría con su familia en este momento. Fue exactamente la noche del 13 de enero, cuando le robaron la moto, y por medio del rastreador satelital de la empresa Stop Car, cuya aplicación tenía en el celular, logró averiguar que estaba en una vivienda de la esquina de Mataco y Lucero, en la localidad de Libertad, Merlo.
“Avisó al grupo de compañeros repartidores de Pedidos Ya y se fueron para el lugar. También llegó un patrullero y un móvil de Stop Car. Pero se encontró con gente inoperante: a la gente de esa empresa también les daba el rastreador que la moto estaba ahí pero como no tenían un lugar exacto, decidieron no actuar. La Policía tampoco ayudó, porque hizo correr a los chicos de ahí como para permitir que los ladrones se vayan. A los cinco minutos, el dispositivo apareció en un descampado, pero Facundo nunca recuperó la moto”, reveló Nora.
Facundo, entonces, jamás se reencontró con el rodado Honda CG Titán 150 con el que trabajaba. Eso jamás se había contado hasta hoy. Siempre se comentó que efectivamente fue hasta el lugar a recuperarla, pero no fue así. Lo que sí hizo el muchacho es poner los ahorros que tenía, con la ayuda de su familia, y se compró otra marca Motomel, para seguir haciendo repartos. Él tenía asegurada la otra moto y sabía que en algún momento la iba a cobrar, por eso decidió invertir para seguir adelante.

Lo que sí quedó siempre en la mente de Facu era tratar de saber quiénes eran ‘Carucha’ (Alexander Urbano) y ‘Pichón’ (Jorge Paniagua), a la postre sus dos asesinos, hoy detenidos con prisión preventiva y a la espera del juicio. Hubo chats que se viralizaron entre amigos y gente del barrio que los señalaron a ambos como los que le robaron y tenían su moto. Pero hubo alguien que primero les dijo a los malvivientes que Hambra había ido hasta la casa de ellos a buscar su moto.
“Hubo alguien que lo marcó a mi hijo y los otros dos fueron a tomar revancha, porque él seguía buscando su moto. Le dispararon y, mientras estaba en el piso, le robaron el celular”, contó Nora. Y se acuerda particularmente de algo como si fuera hoy: “la mañana en que lo balearon le dije que se olvidara, que no se preocupe más por la moto y que mire para adelante. Dejá de preguntar, porque ellos no tienen nada para perder y vos tenés mucho”.
“Con sus locuras y sus berrinches, Facundo era amiguero, un excelente hermano, ayudaba en cuanto podía. El daño que nos provocaron es imposible de dimensionar”, cerró su mamá, que ahora pone su objetivo en que la justicia cumpla su parte para que los asesinos de su hijo. Mientras tanto, una vez por semana se acerca al cementerio a dejarle una flor.











